jueves, 30 de agosto de 2012

Primeros Precursores de la Enfermeria

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FLORENCE NIGHTINGALE.
Hija de una familia terrateniente adinerada, de Hampshire, nació en 1820.

Su padre, William Nightingale de Embly park, un Unitario estaba involucrado en el movimiento contra la esclavitud y era un fiel creyente en que las mujeres, especialmente su hija, deberían obtener una educación. Ella y su hermana aprendieron italiano, latín, griego, historia y matemáticas de su padre y su tía, así como de otros tutores.

La madre de Florence, Fanny Nightingale, tambien provenía de una familia fielmente Unitaria. Ella era una mujer dominante que estaba primordialmente preocupada con la busqueda de un buen marido para su hija. Por ello, se molestó ante la decisión de florence de rechazar a varios proponentes de matrimonio.

Cuando florence cumplió 17 años se sintió llamada por Dios para enfrentar alguna gran causa desconocida. A los 23 años, dijo a sus padres que quería convertirse en una enfermera. Y se encontró con una sólida oposición de ellos, ya que la enfermería se asociaba con mujeres de clase trabajadora.

No fue sino hasta que el Lord Houghton casó con otra en 1851, que Florence recibió permiso para entrenarse como enfermera. Florence, entonces de 31 años, se fue a trabajar al hospital Kaiserworth en Alemanía.

En su diario, ella explicó porqué decidió no aceptar la oferta de matrimonio de Richard Moneton Milnes. Que decía:

Yo tengo una naturaleza, moral y activa que requiere satisfacción y eso no encontraría en la vida de él. Yo podría sentirme satisfecha si pasara la vida con él combinando diferentes poderes para lograr un gran objetivo.

Yo no podría satisfacer esta naturaleza pasando la vida con él, en compromisos sociales y organizando las cosas domésticas.

Dos años más tarde ella fue nombrada la directora residentes del hospital para mujeres invalidas en Harley Street, Lodón. El año siguiente Nightingale se le dio permiso de que llevara a 38 enfermeras a cuidar a los soldados británicos en la guerra. Nightingale encontró que las condiciones en el hospital militar en Scutari eran alarmantes. Los hombres eran mantenidos en cuartos sin sabanas ni comida decente. Sin lavar, ellas mantenían sus uniformes puestos, “tiesos de la suciedad”. En estas condiciones no era sorprendente que en los hospitales militares, heridas de guerra era solo la sexta razón de defunción. Enfermedades como el tifus, cólera y disentería eran las tres causas principales por las cuales la proporción de muertos era tan alta.

Durante este tiempo, Nightingale recolectó datos y sistematizó la práctica del control de registros. Ella inventó un gráfico de área polar, donde las estadísticas representadas son proporcionales al área de una tajada en un gráfico circular. Esta información que con una mejoría en los métodos de sanidad, las muertes bajaría. (en Febrero de 1855, la tasa de mortalidad era del 42.7% de los casos tratados).

Los oficiales militares y los doctores objetaron las visiones de Nightingale sobre reformas en los hospitales militares. Ellos interpretaron sus comentarios como un ataque a ellos y la hicieron sentirse fuera de lugar.

Nightingale recibió muy poca ayuda de los militares, hasta que uso sus contactos con el Times, para recortar la información. Entonces se le encomendó a Nightingale la tarea de organizar las barrancas del hospital después de la batalla de inkerman y al mejorar las condiciones de sanidad, logró reducir la proporción de muerte de sus pacientes.

Su recomendación a estudiantes de enfermería (1873):

La enfermería es un llamado superior, un llamado honorable… el honor radica en el amor por la perfección, la consistencia, y en el trabajo duro para conseguirla.

Años más tarde, en el Engliswoman Review (1986), escribió:

Pero debo decir a todas las damas jóvenes que son llamadas a esta vocación, que deben calificarse para ello como lo hace un hombre para su trabajo. Que no crean que lo puedan asumir de otra manera.

En 1856 Florence Nightingale regresó a Inglaterra como una heroína nacional. Y decidió empezar una campaña para mejorar la calidad de la enfermería en los hospitales militares. Su evidencia en la comisión de Sanidad de 1857 eventualmente resultó en la formación de una universidad médica militar.

Para dispersar sus opiniones sobre la reforma, Nightingale publicó dos libros, Notas de Hospital (1859) y Notas de Enfermería (1859). Con el apoyo de amigos adinerados y The Times, Nightingale puedo reunir 59,000 para mejorar la calidad de la enfermería. En 1860 y utilizó este dinero para fundar la Escuela y Casa para Enfermeras Nightingale en el Hospital St. Thomas. Ella también se involucró en el entrenamiento de enfermeras que trabajaban en “casas de trabajo”, como resultado de una ley en protección de los pobres, de 1834.

La segunda mitad del siglo XIX comenzó con la revolucionaria propuesta de Florence Nightingale, pionera en la estadística social, quién hizo amplio uso de gráficos y diagramas para analizar el cuidado médico en la Inglaterra del siglo XIX.

En 1858 con su diagrama de área polar, demuestra con un simple gráfico que las causas de la mortalidad en los hospitales británicos durante la guerra de Crimen, era muy superior a la de los hospitales de Inglaterra logrando con esto resumir un reporte de más de 800 páginas.

Nightingale tenía fuertes opiniones sobre los derechos de las mujeres. En su libro Sugerencia para pensar para los buscadores de las verdades religiosas (1859) ella argumentó fuertemente para que se eliminaran las restricciones que prevenían a las mujeres de tener carreras.

Como contradicción, otras mujeres fuertes se sintieron, tenían dudas al principio de esta campaña y argumentaba que era más importante tener mejores desanimadas por la falta de apoyo de Nightingale hacia las mujeres doctoras. Nightingale enfermera que mujeres doctores.

Posteriormente en su vida, Nightingale sufrió de mala de salud y en 189 5se volvió ciega, luego perdió otras facultades, lo cual significó que tuvo que recibir cuidado tiempo completo. A pesar de estar completamente inválida, vivió otros 15 años, antes de su muerte en 1910.


LILLIAM WALD. (1867-1940)

clip_image002Nace en el año 1867 y fue una de las líderes del movimiento de las viviendas comunitarias quien llego a ser muy influyente y trascendental de las reformas urbanas.

Era idealista practico que trabajo para crear a una sociedad mas justas meta era asegurarse de que las mujeres y los niños, los inmigrantes y los pobres, los inmigrantes y los pobres, y los miembros de todos los grupos étnicos y religiosos realizaran la promesa de América de la ‘’vida, de la libertad y de la brusquedad de la felicidad’’.

Como enfermera joven, Wald esperaba proporcionar cuidado médico decente a los residentes de viviendas más bajas del lado del este de Nueva York.

Su trabajo como el fundador del establecimiento de la calle del Henrio y el visitar cuidan servicio demostraron sus talentos administrativos masterful, respeto profundo para la humanidad y habilidad en la movilización de fondos y la publicación.

Defendiendo las causas del oficio de enfermera de la salud pública, de la reforma de la cubierta, del sufragio, de la paz del mundo, y de las derechas de mujeres, de niños, de inmigrantes y de la gente del funcionamiento, Wald sintió bien a un líder influyente en ciudad, lo indica, y política nacional. Sus esfuerzos incansables de ligar la salud de niños a la salud de naciones le hicieron un modelo del logro, de cuidar, y de integridad a través de su curso de la vida. Aunque Wald alcanzó el reconocimiento internacional, sus esfuerzos fueron puestos a tierra siempre en la creencia que el mundo era simplemente una versión ampliada de la vecindad cultural diversa.

Wald se consideraba como el paladín de los pobres suscitándoles a sus hogares. Entendía las reformas radicales que se necesitaba para altificar estas pobrezas y trataba de convencer a los funcionarios y vieron que ellos tenían la responsabilidad de remediar la pobreza.


LUISA DE MARILLAC.
Nació en París el 12 de agosto de 1591, Hija de Louis de Marillac, señor de Ferrieres. Perdió a su madre desde temprana edad, pero tuvo una buena educación, gracias, en parte, a los monjes de Poissy, a cuyos cuidados fue confiada por un tiempo, y en parte, a la instrucción personal de su propio padre, que murió cuando ella tenía poco más de quince años. Luisa había deseado hacerse hermana capuchina, pero el que entonces era su confesor, capuchino él mismo, la disuadió de ello a causa de su endeble salud.

Finalmente se le encontró un esposo digno: Antonio Le Gras, hombre que parecía destinado a una distinguida carrera y que ella aceptó. Tuvieron un hijo. En el período en que Antonio estuvo gravemente enfermo, ella lo cuidó con esmero y completa dedicación. Desgraciadamente, Luisa sucumbió a la tentación de considerar esta enfermedad como un castigo por no haber mostrado su agradecimiento a Dios, que la colmaba de bendiciones, y estas angustias de conciencia fueron motivos de largos períodos de dudas y aridez espiritual.

Tuvo, sin embargo, la buena fortuna de conocer a San Francisco de Sales, quien pasó algunos meses en París, durante el año 1619. De él recibió la dirección más sabia y comprensiva. Pero París no era el lugar del santo.

Un poco antes de la muerte de su esposo, Luisa hizo voto de no contraer matrimonio de nuevo y dedicarse totalmente al servicio de Dios. Después, tuvo una extraña visión espiritual en la que sintió disipadas sus dudas y comprendió que había sido escogida para llevar a cabo una gran obra en el futuro, bajo la guía de un director a quien ella no conocía aun. Antonio Le Gras murió en 1625. Pero ya para entonces Luisa había conocido a "Monsieur Vicente", quien mostró al principio cierta renuncia en ser su confesor, pero al fin consintió. San Vicente en aquel tiempo estaba organizando sus "Conferencias de Caridad", con el objeto de remediar la espantosa miseria que existía entre la gente del campo, para ello necesitaba una buena organización y un gran numero de cooperadores. La supervisión y la dirección de alguien que infundiera absoluto respeto y que tuviera, a la vez, el tacto suficiente para ganarse los corazones y mostrarles el buen camino con su ejemplo.

A medida que fue conociendo más profundamente a "Mademoiselle Le Gras", San Vicente descubrió que tenía a la mano el preciso instrumento que necesitaba. Era una mujer decidida y valiente, dotada de clara inteligencia y una maravillosa constancia, a pesar de la debilidad de salud y, quizás lo más importante de todo, tenía la virtud de olvidarse completamente de si misma por el bien de los demás. Tan pronto como San Vicente le habló de sus propósitos, Luisa comprendió que se trataba de una obra para la gloria de Dios. Quizás nunca existió una obra religiosa tan grande o tan firme, llevada a cabo con menos sensacionalismo, que la fundación de la sociedad, que fue conocida como "Hijas de la Caridad" y que se ha ganado el respeto de los hombres de la más diversas creencias en todas partes del mundo. Solamente después de cinco años de trato personal con Mlle. Le Gras, Monsieur Vicente, que siempre tenía paciencia para esperar la oportunidad enviada por Dios, mandó a esta dama devota, en mayo de 1629, a hacer lo que podríamos llamar una visita a "La Caridad" de Montmirail. Esta fue la precursora de muchas misiones similares y, a pesar de la mala salud de la señorita, tomada muy en cuenta por San Vicente, ella no retrocedió ante las molestias y sacrificios.

En 1633, fue necesario establecer una especie de centro de entrenamiento o noviciado, en la calle que entonces se conocía como Fosses-Saint-Víctor. Ahí estaba la vieja casona que Le Gras había alquilado para sí misma después de la muerte de su esposo, donde dio hospitalidad a las primeras candidatas que fueron aceptadas para el servicio de los pobres y enfermos; cuatro sencillas personas cuyos verdaderos nombres quedaron en el anonimato. Estas, con Luisa como directora, formaron el grano de mostaza que ha crecido hasta convertirse en la organización mundialmente conocida como Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Su expansión fue rápida. Pronto se hizo evidente que convendría tener alguna regla de vida y alguna garantía de estabilidad.

Desde hacía tiempo, Luisa había querido ligarse a este servicio con voto, pero San Vicente, siempre prudente y en espera de una clara manifestación de la voluntad de Dios, había contenido su ardor. Pero en 1634, el deseo de la santa se cumplió. San Vicente tenía completa confianza en su hija espiritual y fue ella misma la que redactó una especie de regla de vida que deberían seguir los miembros de la asociación.

La sustancia de este documento forma la médula de la observancia religiosa de las Hermanas de la Caridad Aunque éste fue un gran paso hacia adelante, el reconocimiento de las Hermanas de la Caridad como un instituto de monjas, estaba todavía lejos.

En la actualidad, la blanca cofia y el hábito azul al que sus hijas han permanecidos fieles durante cerca de 300 años, llaman inmediatamente la atención en cualquier muchedumbre. Este hábito es tan sólo la copia de los trajes que antaño usaban las campesinas. San Vicente, enemigo de toda pretensión, se opuso a que sus hijas reclamaran siquiera una distinción en sus vestidos para imponer ese respeto que provoca el hábito religioso. No fue sino hasta 1642, cuando permitió a cuatro miembros de su institución hacer votos anuales de pobreza, castidad y obediencia y, solamente 13 años después, obtuvo en Roma la formal aprobación del instituto y colocó a las hermanas definitivamente bajo la dirección de la propia congregación de San Vicente. Mientras tanto, las buenas obras de las hijas de la caridad se habían multiplicado aceleradamente.

En el desarrollo de todas estas obras, Mlle. Le Gras soportaba la parte más pesada de la carga. Había dado un maravilloso ejemplo en Angers, al hacerse cargo de un hospital terriblemente descuidado. El esfuerzo había sido tan grande, que a pesar de la ayuda enorme que le prestaron sus colaboradores, sufrió una severa postración que fue diagnosticada erróneamente, como un caso de fiebre infecciosa. En París había cuidado con esmero a los afectados durante una epidemia y, a pesar de su delicada constitución, había soportado la prueba. Los frecuentes viajes, impuestos por sus obligaciones, habrían puesto a prueba la resistencia de un ser más robusto; pero ella estaba siempre a la mano cuando se la requería, llena de entusiasmo y creando a su alrededor una atmósfera de gozo y de paz. Como sabemos por sus cartas a San Vicente y a otros, solamente dos cosas le preocupaban: una era el respeto y veneración con que se le acogía en sus visitas; la otra era la ansiedad por el bienestar espiritual de su hijo Miguel.

En el año de 1660, San Vicente contaba ochenta años y estaba ya muy débil. La santa habría dado cualquier cosa por ver una vez más a su amado padre, pero este consuelo le fue negado. Sin embargo, su alma estaba en paz; el trabajo de su vida había sido maravillosamente bendecido y ella se sacrificó sin queja alguna, diciendo a las que la rodeaban que era feliz de poder ofrecer a Dios esta última privación. La preocupación de sus últimos días fue la de siempre, como lo dijo a sus abatidas hermanas: "Sed empeñosas en el servicio de los pobres... amad a los pobres, honradlos, hijas mías, y honraréis al mismo Cristo". Santa Luisa de Marillac murió el 15 de marzo de 1660; y San Vicente la siguió al cielo tan sólo seis meses después. Fue canonizada en 1934.


HILDEGARDE PEPLAU.
Fue una de las enfermeras de la era monástica la cual en el 1954 desarrollo el primer programa sin nivel de graduación para la preparación de especialidades clínicas. Se especializó en enfermería psiquiátrica.

Hildegard E. Peplau, una líder mundial en enfermería, conocida como la enfermera del siglo, murió el 17 de marzo de 1999 a la edad de 89 años, en su hogar en Sherman Oaks, California. Peplau es la única enfermera que prestó sus servicios a la Asociación de Enfermeras Americanas (ANA), como directora ejecutiva y, más tarde, como presidenta.

También fue elegida para trabajar durante dos períodos en la junta directiva del Consejo Internacional de Enfermeras (ICN).

En 1997 recibió el mayor honor en enfermería, el premio Cristiané Rumann, en el congreso cuadrienal de la ICN. Esta distinción se otorga cada cuatro años por contribuciones nacionales e internacionales sobresalientes en enfermería y cuidado de la salud. Un año antes, la Academia Americana de Enfermería le había rendido un homenaje como leyenda viviente. En 1998 la Asociación de Enfermeras Americanas la colocó en el salón de la fama de la ANA.

Por otra parte, la doctora Peplau es reconocida mundialmente como la madre de la enfermería psiquiátrica. Su trabajo teórico y clínico condujo al desarrollo de un campo distinto de especialización: enfermería psiquiátrica.

El libro inicial de Peplau Las relaciones interpersonales en enfermería fue terminado en 1948 pero su publicación se pospuso por cuatro años, porque en aquel entonces se consideró muy revolucionario que una enfermera publicara un libro sin un médico como coautor. El libro de Peplau ha sido ampliamente acreditado con la transformación de enfermería, que pasó de ser un grupo de trabajadoras expertas a ser una profesión con gran desarrollo.

Desde la publicación del trabajo de Peplau, el proceso interpersonal ha sido integrado en la educación y la práctica de enfermería en Estados Unidos y en el exterior. Por esto, la vida y el trabajo de la doctora Peplau produjeron los mayores cambios en la práctica de enfermería después de los de Florence Nigtingale.

Peplau recibió títulos de doctora honoraria en universidades como las de Alfred, Boston Collage, Colombia, Duke, Indiana, Ohio State, Rutgers y la Universidad de Ulster, en Irlanda. En 1995 fue nominada a una de las 50 Grandes de América en ¿quién es quién? por Marquis. Fue elegida miembro de la Academia Americana de Enfermería del Sigma Theta Tau y de la Sociedad Honoraria de Enfermería.

Hildegard Peplau nació el 1º de septiembre de 1909 en Reading, Pensilvana; segunda hija de los emigrantes Gustav y Ottylie Peplau, tuvo dos hermanas y tres hermanos. En su niñez presenció la devastadora epidemia de gripa en 1918; esta experiencia personal influyó enormemente su comprensión del impacto que tiene la enfermedad y la muerte sobre las familias. Inició su carrera de enfermería en Pottstoen, Pensylvania. Luego trabajó como enfermera de planta en Pensylvania y en la ciudad de Nueva York.

Un cargo en un campo de verano de la universidad de Nueva York, la llevó a que recibiera recomendación para trabajar como enfermera en el Collage Bennington en Vermont. Allá se graduó en psicología interpersonal en 1943. En Bennington, y a través de sus experiencias de campo en Chestnut Lodge (una institución psiquiátrica privada), estudió con Erich From, Frida From-Reichmann y Harry Sullivan. Peplau trabajó toda su vida tratando de enfocar y extender la teoría interpersonal de Sullivan a la práctica de enfermería.

Entre 1943 y 1945 Peplau sirvió en el grupo de enfermería de la armada y fue asignada al campo 312 del Hospital Estación en Inglaterra, donde estaba localiza la Escuela

Militar Americana de Psiquiatría. Después de la guerra, Peplau se sentó a la mesa con muchos de estos hombres, para trabajar en la reestructuración del sistema de salud mental en Estados Unidos, de allí surgió el acta de salud mental nacional de 1946. Peplau obtuvo sus títulos de master y doctorado en el Teachers Collage de la

Universidad de Colombia. También fue certificada en psicoanálisis por el Instituto William Alanson White de Nueva York. Al inicio de los años cincuenta, Peplau desarrolló y dictó las primeras clases para las estudiantes de postgrado de enfermería psiquiátrica en el Teachers Collage. Además, se desempeño como profesora de la Facultad de Enfermería de Rutgers entre 1954 y 1974. Allí creó el primer programa de postgrado con preparación de especialistas clínicas en enfermería psiquiátrica.

Fue una escritora prolífica conocida por sus presentaciones, conferencias y talleres para entrenamiento clínico Peplau luchó vigorosamente para que las enfermeras tuvieran mayor educación y así pudieran dar un verdadero cuidado terapéutico a los pacientes antes que el cuidado de guardianas, prevalente en los hospitales psiquiátricos en aquel tiempo. Durante los años 50 y 60, lideró seminarios de verano en todo Estados Unidos, en especial, en los hospitales psiquiátricos del estado. En estos seminarios enseñó los conceptos interpersonales, las técnicas de entrevista y terapia de grupo, individual y familiar.

Peplau fue consultora de la Organización Mundial de la Salud y profesora visitante en universidades de África, América Latina, Europa y Estados Unidos. Luchó fuertemente por la educación de postgrado y la investigación en enfermería. Además, fue consultora de la Superintendencia de Salud de Estados Unidos, de la Fuerza Aérea Americana, del Instituto Nacional de Salud Mental y participó en grupos gubernamentales para el diseño de políticas. Después de su retiro de la Universidad de Rutgers fue profesora visitante de la Universidad de Leuven en Bélgica entre 1975 y 1976, allí ayudó a establecer el primer programa de postgrado en enfermería en Europa.

Peplau dijo alguna vez que la prueba de una buena idea depende de tener o no el poder permanente. Su libro original de 1952 ha sido traducido a nueve idiomas y en 1989 se reeditó por la editorial MacMillan de Londres. En 1989, Springer publicó un volumen con una selección de algunos de los artículos inéditos. Las ideas de Peplau han superado la prueba del tiempo. Los archivos de su trabajo y vida se conservan en la biblioteca Schlesinger en la Universidad de Harvard.

Se han planeado homenajes por la Asociación de Enfermeras Americanas, la Asociación Americana de Enfermeras Psiquiátricas y otras organizaciones de enfermería. La familia solicita las contribuciones en su memoria a la fundación Peplau para la investigación, fundación de enfermeras americanas.


SANTA BRIGIDA.
SANTA BRIGIDA era hija de Birgerio, gobernador de Uplandia, la principal provincia de Suecia. La madre de Brígida, Ingeborg; era hija del gobernador de Gotlandia oriental. Ingeborg murió hacia 1315 y dejó varios hijos. Brígida, que tenía entonces doce años aproximadamente, fue educada por una tía suya en Aspenas. A los tres años, hablaba con perfecta claridad, como si fuese una persona mayor, y su bondad y devoción fueron tan precoces como su lenguaje. Sin embargo, la santa confesaba que de joven había sido inclinada al Orgullo y la presunción.

La Pasión: centro de su vida A los siete años tuvo una visión de la Reina de los cielos. A los diez, a raíz de un sermón sobre la Pasión de Cristo que la impresionó mucho, soñó que veía al Señor clavado en la cruz y oyó estas palabras: "Mira en qué estado estoy, hija mía." "¿Quién os ha hecho eso, Señor?", preguntó la niña. Y Cristo respondió: "Los que me desprecian y se burlan de mi amor." Esa visión dejó una huella imborrable en Brígida y, desde entonces, la Pasión del Señor se convirtió en el centro de su vida espiritual.

Matrimonio antes de cumplir catorce años, la joven contrajo matrimonio con Ulf Gudmarsson, quien era cuatro años mayor que ella. Dios les concedió veintiocho años de felicidad matrimonial. Tuvieron cuatro hijos y cuatro hijas, una de las cuales es venerada con el nombre de Santa Catalina de Suecia.

Durante algunos años, Brígida llevó la vida de la época, como una señora feudal, en las posesiones de su esposo en Ulfassa, con la diferencia de que cultivaba la amistad de los hombres sabios y virtuosos.

En la Corte Hacia el año 1335, la santa fue llamada a la corte del joven rey Magno II para ser la principal dama de honor de la reina Blanca de Namur. Pronto comprendió Brígida que sus responsabilidades en la corte no se limitaban al estricto cumplimiento de su oficio. Magno era un hombre débil que se dejaba fácilmente arrastrar al vicio; Blanca tenía buena voluntad, pero era irreflexiva y amante del lujo. La santa hizo cuanto pudo por cultivar las cualidades de la reina y por rodear a ambos soberanos de buenas influencias.

Las Visiones de La santa empezó tener por entonces las visiones que habían de hacerla famosa. Estas versaban sobre las más diversas materias, desde la necesidad de lavarse, hasta los términos del tratado de paz entre Francia e Inglaterra. "Si el rey de Inglaterra no firma la paz decía no tendrá éxito en ninguna de sus empresas y acabará por salir del reino y dejar a sus hijos en la tribulación y la angustia." Pero tales visiones no impresionaban a los cortesanos suecos, quienes solían preguntar con ironía: "¿Qué soñó Doña Brígida anoche?"

Problemas familiares y peregrinaciones. Por otra parte, la santa tenía dificultades con su propia familia. Su hija mayor se había casado con un noble muy revoltoso, a quien Brígida llamaba "el Bandolero" y, hacia 1340, murió Gudmaro, su hijo menor. Por esa pérdida la santa hizo una peregrinación al santuario de San Olaf de Noruega, en Trondhjem. A su regreso, fortalecida por las oraciones, intentó con más ahinco que nunca volver al buen camino a sus soberanos.

Como no lo lograse, les pidió permiso de ausentarse de la corte e hizo una peregrinación a Compostela con su esposo. A la vuelta del viaje, Ulf cayó gravemente enfermo en Arras y recibió los últimos sacramentos ya que la muerte parecía inminente. Pero Santa Brígida, que oraba fervorosamente por el restablecimiento de su esposo, tuvo un sueño en el que San Dionisio le reveló que no moriría. A raíz de la curación de Ulf, ambos esposos prometieron consagrarse a Dios en la vida religiosa.

Viuda, vida religiosa, aumentan las visiones. Según parece, Ulf murió en 1344 en el monasterio cisterciense de Alvastra, antes de poner por obra su propósito. Santa Brígida se quedó en Alvastra cuatro años apartada del mundo y dedicada a la penitencia. Desde entonces, abandonó los vestidos lujosos, solo usaba lino para el velo y vestía una burda túnica ceñida con una cuerda anudada. Las visiones y revelaciones se hicieron tan insistentes, que la santa se alarmó, temiendo ser víctima de ilusiones del demonio o de su propia imaginación. Pero en una visión que se repitió tres veces, se le ordenó que se pusiese bajo la dirección del maestre Matías, un canónigo muy sabio y experimentado de Linkoping, quien le declaró que sus visiones procedían de Dios. Desde entonces hasta su muerte, Santa Brígida comunicó todas sus visiones al prior de Alvastra, llamado Pedro, quien las consignó por escrito en latín. Ese período culminó con una visión en la que el Señor ordenó a la santa que fuese a la corte para amenazar al rey Magno con el juicio divino; así lo hizo Brígida, sin excluir de las amenazas a la reina y a los nobles. Magno se enmendó algún tiempo y dotó liberalmente el monasterio que la santa había fundado en Vadstena, impulsada por otra visión.

En Vadstena había sesenta religiosas. En un edificio contiguo habitaban trece sacerdotes (en honor de los doce apóstoles y de San Pablo), cuatro diáconos (que representaban a los doctores de la Iglesia) y ocho hermanos legos. En conjunto había ochenta y cinco personas. Santa Brígida redactó las constituciones; según se dice, se las dictó el Salvador en una visión. Pero ni Bonifacio IX con la bula de canonización, ni Martín V, que ratificó los privilegios de la abadía de Sión y confirmó la canonización, mencionan ese hecho y sólo hablan de la aprobación de la regla por la Santa Sede, sin hacer referencia a ninguna revelación privada.

En la fundación de Santa Brígida, lo mismo que en la orden de Fontevrault, los hombres estaban sujetos a la abadesa en lo temporal, pero en lo espiritual, las mujeres estaban sujetas al superior de los monjes. La razón de ello es que la orden había sido fundada principalmente para las mujeres y los hombres sólo eran admitidos en ella para asegurar los ministerios espirituales. Los conventos de hombres y mujeres estaban separados por una clausura inviolable; tanto unos como las otras, asistían a los oficios en la misma iglesia, pero las religiosas se hallaban en una galería superior, de suerte que ni siquiera podían verse unos a otros.

El monasterio de Vadstena fue el principal centro literario de Suecia en el siglo XV. A raíz de una visión; Santa Brígida escribió una carta muy enérgica a Clemente VI, urgiéndole a partir de Aviñón a Roma y establecer la paz entre Eduardo III de Inglaterra y Felipe IV de Francia. El Papa se negó a partir de Aviñón pero, en cambio envió a Hemming, obispo de Abo, a la corte del rey Felipe, aunque la misión no tuvo éxito.

Entre tanto, el rey Magno, que apreciaba más las oraciones que los consejos de Santa Brígida, trató de hacerla intervenir en una cruzada contra los paganos letones y estonios. Pero en realidad se trataba de una expedición de pillaje. La santa no se dejó engañar y trató de disuadir al monarca. Con ello perdió el favor de la corte, pero no le faltó el amor del pueblo, por cuyo bienestar se preocupaba sinceramente durante sus múltiples viajes por Suecia.

En Roma e Italia, había todavía en el país muchos paganos, y Sarta Brígida ilustraba con milagros la predicación de sus capellanes. En 1349, a pesar de que la "muerte negra" hacía estragos en toda Europa, Brígida decidió ir a Roma con motivo del jubileo de 1350. Acompañada de su confesor, Pedro de Skeninge y otros, se embarcó en Stralsund, en medio de las lágrimas del pueblo, que no había de volver a verla.

En efecto, la santa se estableció en Roma, donde se ocupó de los pobres de la ciudad, en la espera de la vuelta del Pontífice a la Ciudad Eterna. Asistía diariamente a misa a las cinco de la mañana, se confesaba todos los días y comulgaba varias veces por semana (según era permitido en aquella época). El brillo de su virtud contrastaba con la corrupción de costumbres que reinaba entonces en Roma: el robo y la violencia hacían estragos, el vicio era cosa normal, las iglesias estaban en ruinas y lo único que interesaba al pueblo era escapar de sus opresores. La austeridad de la santa, su devoción a los santuarios, su severidad consigo misma, su bondad con el prójimo, su entrega total al cuidado de los pobres y los enfermos, le ganaron el cariño de muchos. Santa Brígida atendía con particular esmero a sus compatriotas y cada día daba de comer a los peregrinos suecos en su casa que estaba situada en las cercanías de San Lorenzo in Damaso.

Pero su ministerio apostólico no se reducía a la práctica de las buenas obras ni a exhortar a los pobres y a los humildes. En cierta ocasión, fue al gran monasterio de Farfa para reprender al abad, "un hombre mundano que no se preocupaba absolutamente por las almas". Hay que decir que, probablemente, la reprensión de la santa no produjo efecto. Más éxito tuvo su celo por la reforma de otro convento de Bolonia. Allí se hallaba Brígida cuando fue a reunirse con ella su hija, Santa Catalina, quien se quedó a su lado y, fue su fiel colaboradora hasta el fin de su vida. Dos de las iglesias romanas más relacionadas con nuestra santa son la de San Pablo extramuros y la de San Francisco de Ripa.

En la primera se conserva todavía el bellísimo crucifijo, obra de Cavallini, ante el que Brígida acostumbraba orar y que le respondió más de una vez; en la segunda iglesia se le apareció San Francisco y le dijo: "Ven a beber conmigo en mi celda". La santa interpretó aquellas palabras como una invitación para ir a Asís. Visitó la ciudad y de allí partió en peregrinación por los principales santuarios de Italia, durante dos años.

Profecías y revelaciones las profecías y revelaciones Santa Brígida se referían a las cuestiones mas candentes de su época. Predijo, por ejemplo, que el Papa y el emperador se reunirían amistosamente en Roma. Al poco tiempo así lo hicieron (El Papa Beato Urbano V y Carlos IV, en 1368). La profecía de que los partidos en que estaba dividida la Ciudad Eterna recibirían el castigo que merecían por sus crímenes, disminuyeron un tanto la popularidad de la santa y aun le atrajeron persecuciones. Brígida fue arrojada de su casa y tuvo que ir con su hija a pedir limosna al convento de las Clarisas. Por otra parte, ni siquiera el Papa escapaba a sus severas admoniciones proféticas.

El gozo que experimentó la santa con la llegada de Urbano a Roma fue de corta duración, pues el Pontífice se retiró poco después a Viterbo, luego a Montesfiascone y aun se rumoró que se disponía a volver a Aviñón.

Al regresar de una peregrinación, a Amalfi, Brígida tuvo una visión en la que Nuestro Señor la envió a avisar al Papa que se acercaba la hora de su muerte, a fin de que diese su aprobación a la regla del convento de Vadstena. Brígida había ya sometido la regla a la aprobación de Urbano V, en Roma, pero el Pontífice no había dado respuesta alguna.

Así pues, se dirigió a Montefiascone montada en su mula blanca. Urbano aprobó, en general, la fundación y la regla de Santa Brígida, que completó con la regla de San Agustín. Cuatro meses más tarde, murió el Pontífice. Santa Brígida escribió tres veces a su sucesor, Gregorio XI, que estaba en Aviñón, conminándole a trasladase a Roma. Así lo hizo el Pontífice cuatro años después de la muerte de la santa.

En 1371, a raíz de otra visión, Santa Brígida emprendió una peregrinación a los Santos Lugares, acompañada de su hija Catalina, de sus hijos Carlos y Bingerio, de Alfonso de Vadaterra y otros personajes. Ese fue el último de sus viajes.

La expedición comenzó mal, ya que en Nápoles, Carlos se enamoró de la reina Juana I, cuya reputación era muy dudosa. Aunque la esposa de Carlos vivía aún en Suecia y el marido de Juana estaba en España; ésta quería contraer matrimonio con él y la perspectiva no desagradaba a Carlos. Su madre, horrorizada ante tal posibilidad, intensificó sus oraciones.

Dios resolvió la dificultad del modo más inesperado y trágico, pues Carlos enfermó de una fiebre maligna y murió dos semanas después en brazos de su madre. Santa Brígida prosiguió su viaje a Palestina embargada por la más profunda pena. En Jaffa estuvo a punto de perecer ahogada durante un naufragio Sin embargo durante, la accidentada peregrinación la santa disfrutó de grandes consolaciones espirituales y de visiones sobre la vida del Señor.

A su vuelta de Tierra Santa, en el otoño de 1372, se detuvo en Chipre, donde clamó contra la corrupción de la familia real y de los habitantes de Famagusta quienes se habían burlado de ella cuando se dirigía a Palestina.

Después pasó a Nápoles, donde el clero de la ciudad leyó desde el púlpito las profecías de Santa Brígida, aunque no produjeron mayor efecto entre el pueblo.

La comitiva llegó a Roma en marzo de 1373. Brígida, que estaba enferma desde hacía algún tiempo, empezó a debilitarse rápidamente, y falleció el 23 de julio de ese año, después de recibir los últimos sacramentos de manos de su fiel amigo, el Padre Pedro de Alvastra. Tenía entonces setenta y un años.

Su cuerpo fue sepultado provisionalmente en la iglesia de San Lorenzo in Panisperna. Cuatro meses después, Santa Catalina y Pedro de Alvastra condujeron triunfalmente las reliquias a Vadstena, pasando por Dalmacia, Austria, Polonia y el puerto de Danzig.

Santa Brígida, cuyas reliquias reposan todavía en la abadía por ella fundada, fue carbonizada en 1391 y es considerada como la patrona de Suecia.

Uno de los aspectos más conocidos en la vida de Santa Brígida, es el de las múltiples visiones con que la favoreció el Señor, especialmente las que se refieren a los sufrimientos de la Pasión y a ciertos acontecimientos de su época.

Por orden del Concilio de Basilea, el Juan de Torquemada, quien fue más tarde cardenal, examinó el libro de las revelaciones de la santa y declaró que podía ser muy útil para la instrucción de los fieles; pero tal aprobación encontró muchos opositores. Por lo demás; la declaración de Torquemada significa únicamente que la doctrina del libro es ortodoxa y que las revelaciones no carecen de probabilidad histórica.

El Papa Benedicto XIV, entre otros, se refirió a las revelaciones de Santa Brígida en los siguientes términos: "Aunque muchas de esas revelaciones han sido aprobadas, no se les debe el asentimiento de fe divina; el crédito que merecen es puramente humano, sujeto al juicio de la prudencia, que es la que debe dictarnos el grado de probabilidad de que gozan para que crearnos píamente en ellas."

Santa Brígida, con gran sencillez de corazón, sometió siempre sus revelaciones a las autoridades eclesiásticas y, lejos de gloriarse por gozar de gracias tan extraordinarias, las aprovechó como una ocasión para manifestar su obediencia y crecer en amor y humildad. Si sus revelaciones la han hecho famosa, ello se debe en gran parte a su virtud heroica, consagrada por el juicio de la Iglesia.

Las brigidinas tienen unas lecciones de maitines tomadas de sus revelaciones sobre las glorias de María, conocidas con el nombre de "Sermo Angelicus", en recuerdo de las palabras del Señor a la santa: "Mi ángel te comunicará las lecciones que las religiosas de tus monasterios deben leer en maitines, y tú las escribirás tal como él te las dicte".

Se convirtió en una abadesa famosa en Irlandia y era respetada como educadora, consejera y experta en el arte de curación. También se conocía por haber cuidado enfermos y curado leprosos, por lo cual recibió el nombre de patrona de la consolación.


Henry Dunart, Fundador de la Sociedad “Cruz Roja”.
Fue un joven franco suizo, nació en el año 1828 en Ginebra a la edad de 31 años fue a Lombardia donde desde una montaña fue testigo de la muerte de 40,000 hombres en la batalla de solferino, las misma fue debida, según él, a la falta de atención, las que a la gravedad de las heridas. Con el deseo de ayudarlos, reunió a un grupo de mujeres de pueblos vecinos. Con los que pudo aliviar los padecimientos de los heridos manteniendo como lema de no hacer distinciones entre amigos o enemigos.
En 1862 retorno a Ginebra donde escribió un folleto contra la guerra y sus horribles realidades. En él pregunta si no es posible fundar y organizar un sociedad permanente de voluntarios en todos los piases civilizados los que rindan un servicio a toso los heridos en tiempo de guerra su distinción de nacional ideal, su pregunta es la base del moderno sistema de la “Cruz Roja”.
El folleto escrito por Dunart fue leído por todos los países del mundo civilizado y como consecuencia se nombra una sociedad de utilidad pública para estudiar la compuesta por cincos miembros de la cual fue presidente Dunart. Este comité extendió una invitación a varios países de Europa para discutir las posibilidades y el 4 de octubre de 1863 se lleva a cabo una conferencia a la que asistieron delegados de 14 países europeos y 7 sociedades filantrópicas, aquí se acordó desarrollar un sistema de auxilios voluntarios de guerra, hoy se conoce con el nombre de “Cruz Roja” la bandera con los colores invertidos.
Del 8 al 22 de agosto de 1864 se celebró en Ginebra una conferencia para firmar el tratado internacional de la “Cruz Roja”, al mismo asistieron 13 países Europeos y Estados Unidos, los delegados firmaron a nombre de sus países.




Francisco Vicente de Paul

Hacia 1600 el Padre Francisco Vicente de Paúl que trabajaba por el alivio de los pobres comenzó a mejorar las condiciones sociales, de enseñanza manual y los principios fundamentales de salud se le llamo el padre de la Asistencia Social.







Mademoidelle Jeannde Monge

En 1644 se fundó en Montreal el “Hospital Hotel Dieu” el cual estuvo dirigido por Mademoiselle Jeanne Monge, esta no era monja aunque tenia grandes dotes religiosos.

Clara Barton

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ClarissaHarloweBarton (*25 de diciembre de 1821 - f. 12 de abril de 1912) más conocida como Clara Barton, fue una pionera, profesora, enfermera y humanitaria estadounidense. Ha sido descrita como de un espíritu indomable y es especialmente recordada por organizar la Cruz Roja estadounidense.

Juventud, formación y enfermería familiar

Clara Barton nació en Oxford, Massachusetts. Sus padres eran abolicionistas. El padre de Clara fue un agricultor y criador de caballos, mientras que su madre Sarah era ama de casa. Los dos ayudaron a fundar la primera iglesia Universalista en Oxford.
De niña, Clara era tímida y retraída. Tenía dos hermanos Stephen y David y dos hermanas Dorothy/Dolly y Sally, que tenían por lo menos diez años más que ella. La joven Clara fue educada en casa y era extremamente lista. Se ha dicho que sus hermanos se mantenían ocupados contestando sus múltiples preguntas y que cada uno le enseñaba habilidades complementarias, sus hermanas mayores como profesoras. Sus hermanos le enseñaron a andar de caballo y otras actividades que en esa época se consideraban apropiadas para hombres.
Cuando Clara tenía once años, su hermano David se cayó de una viga en un granero en construcción. Clara permaneció a su lado por dos años y aprendió a administrarle todas sus medicinas, inclusive "las grandes repugnantes sanguijuelas reptantes."
Como seguía desarrollando un interés en enfermería, Clara puede haber sacado inspiración de cuentos familiares de su tía abuela, Martha Ballard, que trabajó en el pueblo de Hallowell (más tarde Augusta) Maine, como comadrona por tres décadas. Ballard ayudó a dar a luz a casi mil bebés entre 1777 y 1812 y en muchos casos administró cuidados médicos como cualquier médico de su época.
Cuando el padre de Clara agonizaba, le dio un consejo que recordaría más tarde: "Como patriota, me aconsejó servir a mi país con todo lo que tenía, incluso con mi vida si fuera necesario; como hija de un Masón aceptado, me aconsejó buscar y dar consuelo a los afligidos, y como cristiana me encargó honrar a Dios y amar a la humanidad."

Guerra civil americana

En abril de 1861, después de la Primera batalla de Bull Run, Barton creó una agencia para obtener y distribuir provisiones a los soldados heridos. El general William Hammond le dio un pase para viajar en las ambulancias del ejército para dar consuelo a los soldados y curarlos. Presionó a la burocracia del ejército estadounidense, primero sin éxito, para traer sus propias provisiones médicas al campo de batalla. Finalmente, en julio de 1862, obtuvo permiso para viajar tras la línea de batalla, llegando a los más sombríos campos de batalla y sirviendo durante los asedíos de Petersburg, Virginia, y Richmond, Virginia. En 1864 el general de la Unión Benjamin Butler la nombró "dama mandante" de los hospitales al frente del Ejército de James.
En 1865, el presidente Abraham Lincoln le encargó la búsqueda de desaparecidos del ejército de la Unión. Mientras se dedicó a esta labor, averiguó sobre el paradero de 30.000 hombres. Cuando acabó guerra, fue mandada a Andersonville, Georgia para instalar y marcar las tumbas de los soldados de la Unión que se enterraron allí. Esta experiencia la motivó a empezar una campaña nacional para identificar a los soldados desaparecidos durante la guerra civil estadounidense. Publicó listas de los nombres en los diarios y se carteaba con las familias de los soldados.
Barton daba charlas sobre sus experiencias de la guerra. Conoció a Susan B. Anthony y comenzó una larga asociación con el movimiento sufragista. También conoció a Frederick Douglass y se hizo activista para los derechos civiles de los negros.
Primer contacto de Barton con el Comité Internacional de la Cruz Roja
Los años de trabajo duro durante la guerra civil estadounidense y sus esfuerzos buscando soldados desaparecidos debilitaron a Barton. En 1869 sus médicos le recomendaron tomarse un descanso y hacer un viaje relajante a Europa. En 1870, mientras estaba en el extranjero, se involucró en el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y su trabajo humanitario durante la guerra Franco-prusiana. El CICR, creado en 1864, se fundó para proveer servicios humanos a todas las víctimas de guerra bajo una bandera de neutralidad.
Santa LUISA DE MARILLAC
Fundadora, con San Vicente de Paúl, de la Hijas de la Caridad.
Fiesta: 15 de marzo
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"Sed empeñosas en el servicio de los pobres... amad a los pobres, honradlos, hijas mías, y honraréis al mismo Cristo"
Nació en París en 1591, Hija de Louis de Marillac, señor de Ferrieres. Perdió a su madre desde temprana edad, pero tuvo una buena educación, gracias, en parte, a los monjes de Poissy, a cuyos cuidados fue confiada por un tiempo, y en parte, a la instrucción personal
de su propio padre, que murió cuando ella tenía poco más de quince años. Luisa había deseado hacerse hermana capuchina, pero el que entonces era su confesor, capuchino él mismo, la disuadió de ello a causa de su endeble salud. Finalmente se le encontró un esposo digno: Antonio Le Gras, hombre que parecía destinado a una distinguida carrera y que ella aceptó. Tuvieron un hijo. En el período en que Antonio estuvo gravemente enfermo, ella lo cuidó con esmero y completa dedicación.. Desgraciadamente, Luisa sucumbió a la tentación de considerar esta enfermedad como un castigo por no haber mostrado su agradecimiento a Dios, que la colmaba de bendiciones, y estas angustias de conciencia fueron motivos de largos períodos de dudas y aridez espiritual. Tuvo, sin embargo, la buena fortuna de conocer a San Francisco de Sales, quien pasó algunos meses en París, durante el año 1619. De él recibió la dirección más sabia y comprensiva. Pero París no era el lugar del santo.
Un poco antes de la muerte de su esposo, Luisa hizo voto de no contraer matrimonio de nuevo y dedicarse totalmente al servicio de Dios. Después, tuvo una extraña visión espiritual en la que sintió disipadas sus dudas y comprendió que había sido escogida para llevar a cabo una gran obra en el futuro, bajo la guía de un director a quien ella no conocía aun. Antonio Le Gras murió en 1625. Pero ya para entonces Luisa había conocido a "Monsieur Vicente", quien mostró al principio cierta renuncia en ser su confesor, pero al fin consintió. San Vicente en aquel tiempo estaba organizando sus "Conferencias de Caridad", con el objeto de remediar la espantosa miseria que existía entre la gente del campo, para ello necesitaba una buena organización y un gran numero de cooperadores. La supervisión y la dirección de alguien que infundiera absoluto respeto y que tuviera, a la vez, el tacto suficiente para ganarse los corazones y mostrarles el buen camino con su ejemplo.
A medida que fue conociendo más profundamente a "Mademoiselle Le Gras", San Vicente descubrió que tenía a la mano el preciso instrumento que necesitaba. Era una mujer decidida y valiente, dotada de clara inteligencia y una maravillosa constancia, a pesar de la debilidad de salud y, quizás lo más importante de todo, tenía la virtud de olvidarse completamente de si misma por el bien de los demás. Tan pronto como San Vicente le habló de sus propósitos, Luisa comprendió que se trataba de una obra para la gloria de Dios. Quizás nunca existió una obra religiosa tan grande o tan firme, llevada a cabo con menos sensacionalismo, que la fundación de la sociedad, que fue conocida como "Hijas de la Caridad" y que se ha ganado el respeto de los hombres de la más diversas creencias en todas partes del mundo. Solamente después de cinco años de trato personal con Mlle. Le Gras, Monsieur Vicente, que siempre tenía paciencia para esperar la oportunidad enviada por Dios, mandó a esta dama devota, en mayo de 1629, a hacer lo que podríamos llamar una visita a "La Caridad" de Montmirail. Esta fue la precursora de muchas misiones similares y, a pesar de la mala salud de la señorita, tomada muy en cuenta por San Vicente, ella no retrocedió ante las molestias y sacrificios.
En 1633, fue necesario establecer una especie de centro de entrenamiento o noviciado, en la calle que entonces se conocía como Fosses-Saint-Victor. Ahí estaba la vieja casona que Le Gras había alquilado para sí misma después de la muerte de su esposo, donde dio hospitalidad a las primeras candidatas que fueron aceptadas para el servicio de los pobres y enfermos; cuatro sencillas personas cuyos verdaderos nombres quedaron en el anonimato. Estas, con Luisa como directora, formaron el grano de mostaza que ha crecido hasta convertirse en la organización mundialmente conocida como Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Su expansión fue rápida. Pronto se hizo evidente que convendría tener alguna regla de vida y alguna garantía de estabilidad. Desde hacía tiempo, Luisa había querido ligarse a este servicio con voto, pero San Vicente, siempre prudente y en espera de una clara manifestación de la voluntad de Dios, había contenido su ardor. Pero en 1634, el deseo de la santa se cumplió. San Vicente tenía completa confianza en su hija espiritual y fue ella misma la que redactó una especie de regla de vida que deberían seguir los miembros de la asociación. La sustancia de este documento forma la médula de la observancia religiosa de las Hermanas de la Caridad Aunque éste fue un gran paso hacia adelante, el reconocimiento de las Hermanas de la Caridad como un instituto de monjas, estaba todavía lejos.
En la actualidad, la blanca cofia y el hábito azul al que sus hijas han permanecido fieles durante cerca de 300 años, llaman inmediatamente la atención en cualquier muchedumbre. Este hábito es tan sólo la copia de los trajes que antaño usaban las campesinas. San Vicente, enemigo de toda pretensión, se opuso a que sus hijas reclamaran siquiera una distinción en sus vestidos para imponer ese respeto que provoca el hábito religioso. No fue sino hasta 1642, cuando permitió a cuatro miembros de su institución hacer votos anuales de pobreza, castidad y obediencia y, solamente 13 años después, obtuvo en Roma la formal aprobación del instituto y colocó a las hermanas definitivamente bajo la dirección de la propia congregación de San Vicente. Mientras tanto, las buenas obras de las hijas de la caridad se habían multiplicado aceleradamente. En el desarrollo de todas estas obras, Mlle. Le Gras soportaba la parte más pesada de la carga. Había dado un maravilloso ejemplo en Angers, al hacerse cargo de un hospital terriblemente descuidado. El esfuerzo había sido tan grande, que a pesar de la ayuda enorme que le prestaron sus colaboradores, sufrió una severa postración que fue diagnosticada erróneamente, como un caso de fiebre infecciosa. En París había cuidado con esmero a los afectados durante una epidemia y, a pesar de su delicada constitución, había soportado la prueba. Los frecuentes viajes, impuestos por sus obligaciones, habrían puesto a prueba la resistencia de un ser más robusto; pero ella estaba siempre a la mano cuando se la requería, llena de entusiasmo y creando a su alrededor una atmósfera de gozo y de paz. Como sabemos por sus cartas a San Vicente y a otros, solamente dos cosas le preocupaban: una era el respeto y veneración con que se le acogía en sus visitas; la otra era la ansiedad por el bienestar espiritual de su hijo Miguel.
En el año de 1660, San Vicente contaba ochenta años y estaba ya muy débil

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